
Cuando amamos a alguien, que además de no correspondernos, desprecia nuestro amor, estamos en el lugar equivocado. Definitivamente, esa persona no se hace merecedora del afecto que le prodigamos. Con una nueva conciencia, la disyuntiva empieza a dejar de serlo, la cuestión empieza a hacerse clara y transparente, obvia: si no me siento bien recibido en algún lugar, empaco y me voy.